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Guía para dormir gratis en los aeropuertos

Dormir en el aeropuerto es una práctica cada vez más común, ya sea porque esperas un enlace para volar, porque se retrase un avión o simplemente porque es una forma gratuita de pasar la noche. Sin embargo no todos los aeropuertos son iguales para dormir: los hay más cómodos, más seguros, más limpios o incluso algunos que cierran de noche. Para evitar sorpresas desagradables, la Guía para dormir en aeropuertos (en inglés) nos ofrece toda la información necesaria para esta aventura, además de un ranking con los mejores (Singapore Changi, con piscina y sauna gratuitas) y peores (París Charles de Gaulle) aeropuertos para pasar la noche.

Además nos ofrecen una serie de consejos muy útiles, como qué “equipo de supervivencia” llevar, en qué partes de la terminal se duerme mejor o qué decir en caso de que los guardias de seguridad nos quieran echar. Eso sí, lo mejor es tener siempre un plan B (un hotel barato cercano) y saber que, en caso de cancelación de tu vuelo, la compañía está obligada a pagarte el alojamiento de esa noche.

Y quién sabe, tal vez dentro de poco encontrar estas cómodas “Cajas para domir” en cualquier aeropuerto sea algo normal. Aunque eso sí, se acabó lo de dormir gratis.

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ICON A5, el avión anfibio plegable

Vas por la carretera y de vez en cuando ves pasar algún coche con bicicletas en el techo, un remolque con la moto acuática o incluso un barco o una moto, pero, ¿y si te encuentras a alguien con un avión plegable enganchado al coche? Pues eso es lo que la empresa ICON Aircraft ha conseguido: el espectacular ICON A5, un ultraligero anfibio de alas plegables, biplaza, por “apenas” 139.000 dólares.

Lo más destacado del ICON A5 es, sin lugar a dudas, su sistema de alas plegables. Así desaparece el típico problema de “y ahora, ¿dónde lo aparco?”. Además de su impresionante diseño, este avión cuenta también con GPS, pantalla LCD, MP3 y todas las comodidades que puedan desearse en un habitáculo muy parecido al de un automóvil de lujo, con la excepción de puede desplazarse tanto por el aire como por el agua.

Y si no contamos con licencia de piloto, no importa: en su página web nos dan toda la información necesaria para aprender a pilotar. Volar nunca había sido tan fácil.

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Como niños

Como bandadas de pájaros. Aparecen en los aeropuertos entre octubre y marzo, son como aves de breves migraciones -uno de los signos de que es “temporada baja”-, como una nube de estorninos. Bandadas de lo que llamamos con piedad y corrección “tercera edad”.
Son los viajes del Inserso y similares. Jubilados, gente muy mayor, grupitos de mujeres gastadas y arrugadas –presumiblemente viudas o solteras irredentas-, parejas que ya han celebrado las bodas de oro, algún viejete “single”, personas de bastón, torponas, recelosas, inseguras si no están en el centro del grupo.
Por supuesto, no es la primera vez que me tropiezo con ellos. Pero hace unos días, en el aeropuerto de Tenerife Norte, fui literalmente “atropellado” – y conmigo los primeros viajeros que intentábamos facturar en Vueling con destino a Málaga- por una ruidosa bandada de ancianos y ancianas que bajo el mando de una señora gorda, de uniforme azul y pancarta de no sé que “mundo senior”, se hizo con el poder en las filas, acumuló personas y maletas en desorden frente a los mostradores y daba absurdas e inútiles instrucciones a gritos a su tropa… ¡un espectáculo!
Los que no formábamos parte de ese enredo de equipajes y voces, aguardamos pacientemente a que acabara aquello. Alguien abría su maleta en el último momento, alguien no encontraba su documentación, alguien se había de hacer repetir tres veces a dónde debía dirigirse para embarcar, alguien…
Gritones, perplejos, arracimados… Confieso que experimenté complejos sentimientos: había irritación, curiosidad, vergüenza ajena –yo también soy mayor-, ternura… Y es que, como le dije bromeando a la muchacha del mostrador cuando al fin llegó mi turno, son como niños, y aquello era como una escena de guardería a la hora de la merienda. La muchacha sonrió y me dio ventanilla en una de las primeras filas. Así que fui de los últimos en embarcar y pude contemplarlos a placer, otra vez agolpados ante la puerta del finger.
Contemplé sus andares cansados y sus actitudes inseguras, sus gestos gregarios, de rebaño en un territorio extraño, oí sus conversaciones banales, me fijé en el aire “antiguo” de casi todos –ellos y ellas-, en el porte, las ropas, el equipaje de mano, como si fuesen los viajeros de un tren de hace treinta años, con bolsas de plástico y tartera y bocadillo. Lo que queda de un país de ayer empujado al hoy. Pero merecen comprensión y respeto. Son nuestros viejos y viejas, que cuando se hacen visibles, en grupo, resultan tan extraños en este mundo que adora lo cool, la juventud, el glamour…
Son como niños, niños grandes perdidos en la selva del presente.
Cuando aterrizamos en Málaga, ¡aplaudieron!
By Bartleby

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El arte de viajar

Los viajes son un producto de consumo masivo más, sobre todo los de vacaciones o turísticos. Hay dos grandes categorías de viajes. En la primera, contratas sólo desplazamiento y hotel y lo demás es asunto tuyo, y en la segunda, están esos llamados “organizados” o en grupo, que incluyen trayecto, hotel, visitas “guiadas”, excursiones…Viajes del tipo: “Praga, cuatro días”, “Carnaval de Venecia”, “Fin de semana en New York”… Las agencias de viajes están literalmente empapeladas de anuncios así, e Internet rebosa de ofertas.  Como en cualquier otro producto de consumo masivo, la cantidad hace que los precios sean razonables. Hay mil y una posibilidades, adaptadas a toda clase de clientes potenciales. Es una gran industria de dimensiones mundiales.

Pero en muchos casos, y en la mayoría de los viajes de “grupo”, la secuencia de acontecimientos puede ser decepcionante: barullo de aeropuerto y facturación, a veces retrasos, extraños horarios o enlaces, nueva confusión en el aeropuerto de destino, galopar hasta un autobús, larga espera en una recepción de hotel abarrotada de gente y maletas, instrucciones a veces severas del responsable de la expedición, insípidas comidas en común, rebañito remolón de monumento en monumento, sin tiempo para detenerse, para contemplar, para intentar comprender… o sin tiempo para las fotos, para los vídeos, excursiones atropelladas en las que te has de marchar de un lugar al cuarto de hora de haber llegado, “porque aún queda mucho por ver”… y todo más o menos así, con mayor o menor crudeza según cuánto hayas pagado. Queda el tiempo libre –a veces un solo día, o una mañana- que se convierte en un deambular sonámbulo por los lugares de moda en cada caso, compras de recuerdos y curiosidades locales, y de nuevo, al hotel, a formar porque ya sale el autobús que te devolverá al aeropuerto y volarás de regreso a casa…

Y es el momento de preguntar ¿qué has visto, que has descubierto en realidad de Praga, de Venecia, de Pekín o del lugar o lugares que sean?

Viajar es otra cosa, en apariencia semejante a lo que cuento, pero en realidad muy distinta. Viajar es un arte. El arte de descubrir con respeto y atención otra ciudad, otros paisajes, otra cultura, otra gente –quizás lo más importante, porque las ciudades son lo que es la gente que las habita. Por eso crece cada vez más el número de quienes viajan a su bola, sin depender de un grupo, sin integrarse en un “rebaño”.

Viajar es poder sentarse a contemplar, es poder preguntar sin prisas, es no tener “horarios”, es vagar por las calles, es hacer tus propios –aunque sean menudos- descubrimientos, los que no están en el programa del responsable del grupo ni en la guía turística que te habías comprado. Viajar es poder hablar con la gente, es visitar los mercados y “mercadillos”, los barrios que no son “turísticos”, es intentar vivir por unos días como viven los propios habitantes del lugar, la única manera de acercarse a sus propias percepciones.

Viajar requiere paciencia, auténtica libertad, auténtica curiosidad y sobre todo, mucho, mucho respeto. Porque estás en casa ajena.

Viajar es un arte. Intentemos aprenderlo

By Bartleby

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El miedo a un accidente afecta al 41% de los que sienten pánico al avión

Más del 40% de las personas que padece aerofobia, miedo a volar, temen a un posible accidente y casi un cuarto de las personas consultadas reconoció que toma medicamentos para controlar su nerviosismo y tratar de “sobrevivir” al viaje, según los datos recogidos en un estudio.
El 16,7% de los consultados admitió que se automedica y el 7,5% dijo que toma medicamentos recetados por un psiquiatra, es decir, una de cada cuatro personas que padece aerofobia consume medicamentos al volar.
El estudio además reveló que este mal afecta principalmente a personas de mediana edad: el 38% de las personas con miedo a volar tienen entre 26 a 35 años y el 29%, entre 36 y 50.

Más del 40% de las personas que padece aerofobia, miedo a volar, tienen fantasías con un posible accidente y casi un cuarto de las personas consultadas reconoció que toma medicamentos para controlar su nerviosismo y tratar de “sobrevivir” al viaje, según los datos recogidos en un estudio.

El 16,7% de los consultados admitió que se automedica y el 7,5% dijo que toma medicamentos recetados por un psiquiatra, es decir, una de cada cuatro personas que padece aerofobia consume medicamentos antes de emprender el vuelo.

El estudio además reveló que este mal afecta principalmente a personas de mediana edad: el 38% de las personas con miedo a volar tienen entre 26 a 35 años y el 29%, entre 36 y 50.

Fuente: Infobae.com

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